El mito del balcón

NUNCA entendí el afán del ex ministro-candidato Golborne por sacarse fotos en el balcón de la alcaldía de Santiago, ni la fascinación que genera esa elección municipal en los analistas políticos, al punto de calificarla como “la madre de todas las batallas”. En realidad, lo que se juega ahí es […]

Ivan Poduje

Ivan Poduje

NUNCA entendí el afán del ex ministro-candidato Golborne por sacarse fotos en el balcón de la alcaldía de Santiago, ni la fascinación que genera esa elección municipal en los analistas políticos, al punto de calificarla como “la madre de todas las batallas”.

En realidad, lo que se juega ahí es el control de una de las 40 comunas del área metropolitana. Es cierto que es la más antigua, que tiene abundantes recursos y que ahí se ubica La Moneda o el cerro Santa Lucía. Pero en materia de gobierno, el municipio de Santiago sigue siendo uno de 40, o de 52 si incluimos la región completa.

Reconociendo estas limitaciones, algunos alcaldes electos han pensado juntar fuerza e impulsar asociaciones y planes intercomunales, y podrían contar con la ayuda del nuevo intendente, quien ha dicho que quiere ser un “facilitador” de los gobiernos locales, lo que él asocia a un “alcalde mayor”.

Estas intenciones son loables, pero servirán de muy poco y no tienen nada que ver con la función que cumple un alcalde mayor. En Londres existe uno y la película es muy distinta. No tiene que preguntarle al gobierno nacional dónde construir una línea de Metro o al Parlamento cómo implementar una tarificación vial. Sencillamente lo hace y, además, tiene control sobre el desarrollo urbano, la seguridad ciudadana y la educación pública.

Santiago debe seguir este modelo si quiere tener un plan coherente para ordenar su crecimiento. También si pretende resolver desafíos complejos y urgentes, como recuperar los guetos de vivienda social, normalizar el sistema de transporte o construir y mantener esos parques tantas veces prometidos. Esto no se logra con acuerdos voluntarios entre alcaldes, y toma mucho tiempo cuando depende de la acción aislada de ministerios nacionales.

¿Qué hacer, entonces? Lo primero es evitar matar al enfermo: como en Santiago abundan las autoridades, sería fatal crear una nueva denominada alcalde mayor. Peor, inventar una oficina u “agencia” que duplique las funciones que ya existen en los servicios públicos. Ello sólo aumentaría la burocracia y el número de actores que deben ponerse de acuerdo. Por lo mismo, hay que olvidarse de zares, comisiones o delegados presidenciales.

Al alcalde mayor hay que buscarlo en la intendencia. Claro que no en esa figura decorativa e intrascendente que hoy conocemos por autorizar partidos de fútbol o marchas por la Alameda. Me refiero a un gobierno regional de verdad, con atribuciones para planificar e intervenir la ciudad completa, como en Londres, Río de Janeiro, Bogotá, Nueva York y tantas otras áreas metropolitanas.

Con esa autoridad valdría la pena sacarse fotos en el balcón. Recibiría dignatarios y podría entregar las llaves de la ciudad, y no sólo de su municipio más antiguo. Además, favorecería la descentralización, al ser contrapeso con los ministerios en Santiago y en regiones.

Lamentablemente, estos mismos atributos complican su existencia, ya que el alcalde mayor debe ser promovido y aprobado por organismos que perderían poder si existiera, partiendo por La Moneda, y siguiendo por los parlamentarios y los alcaldes. Es una figura que requiere generosidad y visión de Estado, algo que escasea en la política por estos días.

 

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