El diluvio que no fue (por ahora)

  EN LA ERA de la “cuña tóxica de Twitter” que bautizó Patricio Zapata, el reciente temporal fue definido como un verdadero diluvio que hizo colapsar Santiago en pocas horas, transformando sus calles en ríos, con tacos interminables y zonas urbanas completamente bajo el agua. Curiosamente, a dos días de […]

 

Ivan Poduje

Ivan Poduje

EN LA ERA de la “cuña tóxica de Twitter” que bautizó Patricio Zapata, el reciente temporal fue definido como un verdadero diluvio que hizo colapsar Santiago en pocas horas, transformando sus calles en ríos, con tacos interminables y zonas urbanas completamente bajo el agua.

Curiosamente, a dos días de este desastre bíblico, la ciudad funciona casi normalmente, y la mejor prueba es que el diluvio salió de la agenda y quedó relegado al tercer bloque de los noticiarios, que se han concentrado en el drama de los damnificados de campamentos, que nuevamente fueron los más afectados. 

Algunas autoridades han querido sacar cuentas alegres de esta situación, felicitándose por su decisión de limpiar sumideros o suspender las clases. Incluso hemos visto declaraciones rimbombantes que anuncian que Santiago está mucho mejor preparado que hace cuatro años para resistir estos embates de la naturaleza.

La realidad es muy distinta, ya que el buen comportamiento que experimentó la ciudad no se explica por el retiro de hojas o la construcción de diques artesanales con sacos de arena. La verdadera historia se remonta al 2001, cuando el MOP decidió aprovechar la construcción de las autopistas concesionadas para ejecutar 130 kilómetros de colectores primarios definidos en su Plan Maestro de Aguas Lluvias.

Esta decisión clave, y prácticamente desconocida, permitió invertir US$ 280 millones en colectores estratégicos como Vespucio-Independencia, Cuatro Oriente, Las Industrias o Colombia, y sirvió para entubar o reforzar canales que solían desbordarse en las periferias norte y sur. Gracias a ello se redujo la vulnerabilidad de 10 comunas, beneficiando a dos millones de habitantes.

Otro hito fue la intervención del Zanjón de la Aguada, un cauce que solía dejar estragos en la zona centro sur, y que en este temporal funcionó sin problemas gracias a su canalización, la construcción de un colector interceptor de aguas servidas y la primera etapa de un parque inundable. Pese a estos avances, Santiago no está inmune a futuros eventos críticos, ya que la ciudad seguirá creciendo y su Plan Maestro de Aguas Lluvias sigue incompleto, sin que existan concesiones urbanas para acelerar su marcha.

Más atrasada está la red secundaria a cargo del Serviu, un organismo que además deberá fiscalizar con más rigor los diseños de nudos viales, loteos y avenidas que se inundaron en pocos minutos.

La situación en regiones es preocupante. En el Gran Valparaíso, por ejemplo, el avance del Plan Maestro de Aguas Lluvias ha sido marginal y el riesgo de inundación sigue latente en siete puntos identificados por el profesor Luis Alvarez, y que incluyen los esteros de Reñaca y Viña del Mar, que en temporales pasados ya generaron enormes pérdidas económicas y humanas.

Lamentablemente los temporales ocurren cada cinco años, lo que genera un incentivo perverso para organizar campañas para recolectar colchones o ayudar a personas en “situación de calle”, pero no para implementar planes de largo plazo como sucedió con los colectores de aguas lluvias de las concesiones viales. Hasta ahora Santiago ha girado a cuenta de estas obras, pero no es claro cuánto durará esa cuerda.

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