La cruda realidad de uno de cada diez chilenos que viven en blocks

Alrededor de 1.600.000 personas habitan en estos condominios sociales: Las tasas más altas de hacinamiento, inacción juvenil, delincuencia y drogadicción se concentran en los blocks: edificios de tres a cuatro pisos con un patio común. Hoy, las críticas apuntan a los gobiernos que promovieron la construcción de estas viviendas en […]

Alrededor de 1.600.000 personas habitan en estos condominios sociales:

Las tasas más altas de hacinamiento, inacción juvenil, delincuencia y drogadicción se concentran en los blocks: edificios de tres a cuatro pisos con un patio común. Hoy, las críticas apuntan a los gobiernos que promovieron la construcción de estas viviendas en la periferia como una forma de superar la pobreza. «Nunca debí haberme venido acá, esto es un infierno», dicen varios de sus habitantes. Para los expertos, éste es uno de los mayores errores en política pública en la historia de Chile.

Por Magdalena Robles Schifferli, Unidad de Investigación

Maximiliano Robles

María Salazar -55 años, pelo negro y figura menuda- vive junto a su marido, cuatro hijos y cinco nietos en un departamento de 36 metros cuadrados de la Villa Angelmó, en San Bernardo, una población formada en su mayoría por blocks o condominios sociales (edificios con departamentos que van de 30 a 42 m {+2} , la mayoría construidos en la década de los 90). Duermen todos en la única pieza del segundo piso, donde, en tres camarotes, una cama matrimonial, y un colchón que ponen en el suelo por las noches, se acomodan los once.Su marido trabaja en el sector oriente de la capital. Sale todas las mañanas a las 5.30, ya que demora alrededor de tres horas en llegar a su trabajo, donde gana 250 mil pesos al mes. Cuando empieza a oscurecer, se encierran todos con candado en su departamento: comienzan las balaceras, las peleas y el narcotráfico en el patio común que comparten los bloques, que destaca por su oscuridad y deterioro. Su casa tiene poca ventilación y la luz natural que alcanza a entrar por la única pequeña ventana del primer piso es escasa. Ampliar la casa es ilegal, aunque hay varios vecinos se han apoderado de los espacios comunes para escapar de un hacinamiento crítico.

Maximiliano Robles

Así vive alrededor de un millón 600 mil chilenos que consiguieron su casa propia en departamentos que hoy concentran las tasas más altas de hacinamiento, violencia intrafamiliar, delincuencia e inacción juvenil (jóvenes que no estudian ni trabajan). Las problemáticas sociales son críticas, las que se conjugan con un nulo o muy poco equipamiento comunitario, microbasurales, falta de áreas verdes, jaurías, plagas de murciélagos y animitas dispersas.

En algunos conjuntos de vivienda social, en sólo 24 departamentos se llegan a realizar hasta 36 detenciones al año, por delitos de alta connotación pública. Según el libro «Los con Techo» (2005), de Alfredo Rodríguez y Ana Sugranyes, el 70% de los habitantes que viven en blocks quieren irse de ahí.

Las reveladoras cifras de los blocks

  • 300.000 viviendas en condominios sociales se han construido en los últimos 30 años
  • 64% de los departamentos están en la RM
  • 320 UF es el valor promedio de departamentos
  • 70% de los habitantes de blocks desea irse de su vivienda
  • 90% siente miedo y vergüenza de su barrio
  • 2/3 del déficit habitacional son viviendas en mal estado
  • 1.600.000 chilenos viven en condominios sociales

La historia del descalabro

Maximiliano Robles

A fines de los 80 y principios de los 90, el déficit habitacional alcanzaba el millón de casas. La construcción de viviendas sociales se privatizó y se atacó el déficit construyendo en suelos de muy bajo costo, trasladando a las personas de escasos recursos a la periferia. Según cifras preliminares del primer catastro de condominios sociales, que el Minvu pretende entregar a fines de 2012, en los últimos 30 años se han construido más de 300.000 viviendas en condominios sociales.

Hoy, el déficit habitacional se redujo a 450 mil, pero cambió la estructura de esta deuda. Según la última encuesta de la Cámara Chilena de la Construcción, el problema no está en las viviendas que faltan, sino en la gran mayoría (alrededor de 300 mil) que se encuentran en malas o pésimas condiciones. «Sólo un tercio del déficit habitacional son viviendas que faltan, la otra proporción son casas o departamentos que tenemos que arreglar. Hoy no existe un problema de grandes cantidades, sino que de muy malas calidades, y eso es fruto de una política de vivienda de los gobiernos pasados que priorizaron la cantidad por sobre la calidad», expresa Francisco Irarrázabal, secretario ejecutivo de Desarrollo de Barrios del Minvu.

Esta realidad no ha dejado indiferentes a los organismos que trabajan con el tema de la vivienda: Un Techo para Chile amplió su área de trabajo a los blocks y el Ministerio de Vivienda creó un equipo con dedicación exclusiva en los condominios sociales. «Buscar soluciones para estos edificios y sus respectivos barrios será el desafío más grande que enfrentaremos como ministerio en los próximos 20 años», asegura el subsecretario Juan Carlos Jobet. Tan relevante es el tema, que dos tercios de la presentación del ministro Rodrigo Pérez en Cerro Castillo se centró en esta temática.

«No puedo tener a mis hijos encerrados todo el día, aunque me gustaría»

Son las 11.30 de la mañana y en la Villa Colón de San Bernardo ya se escucha un reggaetón a volúmenes altísimos. El patio común está cubierto de palos de helado, envoltorios de comida y pañales usados. Más de diez perros caminan por la tierra y aprovechan de tomar agua de las pozas que se forman por la piscina de plástico que armaron los vecinos para paliar las altas temperaturas de la época. «Nosotros siempre tenemos un parlante que mira hacia afuera, porque es la única manera de que no entre la música y los problemas de las otras casas. Como vivimos muy juntos, no hay privacidad; se escucha todo», cuenta Cecilia López, quien vive junto a su marido, sus hijos y nietos en el segundo piso de un block del lugar. A la escalera que llega a su departamento le faltan varios peldaños, lo que se repite en las otras cinco escaleras que tiene la villa.

«Aquí, las construcciones son muy malas. Las escalas no tienen protecciones y ya se han muerto cuatro niños, porque se han caído desde el segundo o tercer piso», dice, mientras toma en brazos a su nieto menor, de un año y medio, y lo peina con la mano mientras saluda a una vecina que se une a la conversación. Inmediatamente comienza a criticar el mal ambiente que se ha ido apoderando de los espacios públicos. «Acá andan todos los cabros armados, algunos con armas hechizas, pero hay otros que se pasean con escopetas y pistolas. Ése es el problema de tener un patio común, no puedes hacer nada para que tus hijos no vean esas cosas, porque es el patio de tu casa. Y no puedo tener a mis hijos encerrados todo el día, aunque me gustaría», afirma, y agrega: «en la noche esto parece cueva, porque no hay luz en el patio. Muchas veces han puesto ampolletas, pero no duran ni un día porque se las roban. Entonces hay muchos espacios que quedan oscuros y aislados y son escenarios perfectos para delinquir o drogarse, y se ve de todo. Yo no quiero que mis hijos crezcan; porque aquí es muy fácil meterse en la droga. Chiquititos los tengo al lado mío; pero cuando crecen, se van con los narcos», dice.

La poca conciencia de copropiedad es otro de los problemas que agravan la crítica situación de los blocks. «Cuando se les entrega la vivienda a la gente, no se les explica que el patio, los espacios comunes son de todos. La mayoría no tiene un comité de administración; por lo tanto, no pagan gastos comunes. No es municipal, nadie lo mantiene; nadie lo riega, nadie planta, nadie lo cuida, y quedan esos espacios deteriorados que al final son focos de peligro», explica Francisco Irarrázabal, secretario ejecutivo de Desarrollo de Barrios del Minvu.

Pérdida de valor

Johnnatan Soto, un joven de 16 años, vive junto a sus abuelos en un block de la Villa Angelmó, sector que, según un informe del estudio de proyectos urbanos Atisba Monitor, es uno de los lugares con los mayores índices de hacinamiento de los barrios más vulnerables de Santiago. Johnnatan asegura que del lugar, él es el único -junto a otros cinco jóvenes- que estudia. «Acá, los cabros ni siquiera trabajan; pasan todo el día aburridos; sin nada que hacer. Entonces, ¿qué hacen?, le dan al bombazo para pasar el tiempo», dice. El «bombazo», afirma, es la manera más fácil de drogarse: basta tener una botella desechable, la que se llena con agua y pasta base. A los pocos minutos, la mezcla comienza a emanar vapor, el que se aspira. «Te volái altiro», asegura el joven, mientras su abuela lo escucha. «Por todo lo que hemos pasado, yo creo que nunca debí haberme venido a vivir a un block. Son pura droga, violencia e inseguridad, porque la edificación misma influye en eso. Aquí hay una sola farmacia, pero está lleno de botillerías, y estoy segura de que pasa lo mismo en todos los blocks de Santiago», dice la abuela de Johnnatan con voz desesperada.

Maximiliano Robles

En La Pintana, una señora de 46 años de la Población Santo Tomás hace la misma aseveración. «Postulé a mi casa propia y esperé años para tenerla. Aquí tenemos que estar todo el día con la luz prendida, porque no hay luz natural; las paredes se llenan de hongos y grietas, y todas las fuentes de trabajo están lejos. Lo único que quiero es que mis hijos salgan rápido de acá, porque no hay oportunidades en este lugar. No me puedo ir. He querido vender mi casa varias veces, pero vale muy poco y ya tuve mi oportunidad de subsidio para la vivienda», dice Viviana Catrileo.

Según datos del SII, el valor promedio de estas viviendas es de $7.898.340. «Y cómo van a valer más; si estos departamentos parecen pabellones carcelarios: la gente vive enrejada en verdaderas celdas, en recintos muy reducidos, con ventanas pequeñas, sin ventilación, y con prácticamente muy poca luz natural. Además, tienen muy poca libertad, no se pueden mover, porque no encuentran nada en otro lugar por ese precio, y muchas veces tienen que estar encerrados en sus departamentos por el peligro del entorno», asegura el arquitecto Iván Poduje.

«La política habitacional vela por la plusvalía del barrio y de la vivienda se mantenga o crezca en el tiempo y así las personas sean capaces de superar su condición. Con los blocks pasó totalmente lo contrario. Probablemente, deben ser de los barrios que más han caído de valor en el tiempo. Además, están ubicados en comunas que no tienen los recursos para apoyarlos y sacarlos adelante», asegura Francisco Domínguez, director de Blocks de Un Techo para Chile.

Maximiliano Robles

«Estos guetos los crearon los distintos gobiernos que promovieron la construcción de blocks en la periferia como mecanismo de superación de la pobreza . Esto es una herida de Chile, mucho más grave que el Transantiago. Es de los mayores errores en política pública en la historia de Chile», sentencia Alexander Kliwadenko, director social de la misma fundación.

 

 

 

 

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