Valparaíso: una tragedia esperable

El gigantesco incendio que afectó a seis cerros de Valparaíso no fue sólo el resultado de una combinación trágica y fortuita de viento, calor o falta de luz. También dejó en evidencia la vulnerabilidad en que viven miles de porteños, y la indolencia y negligencia de las autoridades para resolver […]

Incendio ValparaisoEl gigantesco incendio que afectó a seis cerros de Valparaíso no fue sólo el resultado de una combinación trágica y fortuita de viento, calor o falta de luz. También dejó en evidencia la vulnerabilidad en que viven miles de porteños, y la indolencia y negligencia de las autoridades para resolver este problema.

El fuego partió en el camino La Pólvora, una ruta que rodea la ciudad por la parta alta, e ingreso al área urbana por el cerro La Cruz, exactamente el mismo que había sido afectado por otro incendio en 2008, que dejó cuatro muertos, 100 viviendas destruidas y que fue calificado como la peor tragedia en 20 años.

Todo indica que no aprendimos nada de este trágico hecho. En febrero de 2013 me tocó recorrer la zona y pude ver que ninguna de las recomendaciones realizadas por los expertos se había cumplido. El cerro La Cruz y sus aledaños Virgen y Monjas, tenían campamentos y poblaciones en zonas de riesgo, quebradas repletas de basura sin cortafuegos y pésimos accesos para llegar a poblaciones que suelen quemarse y que los vecinos conocen perfectamente.

Es cierto que ahora la prioridad es ayudar a los damnificados, controlar los focos de fuego que restan y precisar las viviendas dañadas, pero ello no puede ser excusa para deslindar responsabilidades, achacarlas a la madre naturaleza o confiar en “la fuerza de los porteños” para salir adelante.

Acá existen autoridades que deben dar explicaciones. Deben responder por qué regularizaron viviendas en zonas de riesgo, no erradicaron los campamentos que tantas veces prometieron erradicar, o permitieron que la basura se acumulara en quebradas, sin ejecutar obras básicas de infraestructura.

Junto con ello, se requiere que el Estado elabore un plan de reconstrucción que además de reponer viviendas en zonas seguras, implemente medidas serias para reducir los focos de riesgo que aún afectan a miles de familias en una decena de cerros y que pueden activarse en cualquier minuto ante otro incendio que se salga de control.

También es necesario que esta tragedia ayude a visibilizar la precaria situación que vive Valparaíso en otros ámbitos, como el deterioro de sus espacios públicos, el inexplicable abandono de sus ascensores, la falta de recursos para mantener su patrimonio o los altos niveles de pobreza que se reflejan en la precariedad de los cerros y la proliferación de un comercio ambulante de subsistencia que copa las plazas y aceras a pocas cuadras del Congreso.

Al igual que en Alto Hospicio con el terremoto, este incendio trágico nos demuestra que existe un país cuya realidad es muy distinta al discurso triunfalista de los 20.000 dólares per cápita; un país que vive en ciudades segregadas, deterioradas y con altos niveles de riesgo y vulnerabilidad.

Superar este problema también debe ser parte de la agenda para derrotar la desigualdad, que hoy parece excesivamente centrada -en atención y recursos- en la reforma educacional. Valdría la pena preguntarse si un joven que acceda a una universidad de calidad, querrá quedarse a vivir en este Valparaíso después, o en San Antonio, Alerce y Alto Hospicio. ¿Qué haremos entonces con estos territorios?

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